Mi corto tiempo de trabajo en
Bilbao llegaba a su fin. Había estado de lo más cómoda aquellos días en casa de
los padres de mi amigo Dany. Me trataron bien, si. Encantadores. Tenía que
correrme una de las últimas juergas. En varias ocasiones pude librarme de la
exhaustiva vigilancia que ejercía Dany sobre mí; se tomó muy en serio la
responsabilidad de hacer de padre mientras yo estaba fuera de casa. Mi madre se
lo había encargado. Desde luego que se lo tomó al pie de la letra.

Un viernes noche convencí a Dany
para salir juntos. No sé, parecíamos gallinas, acostándonos y levantándonos
temprano. Nos hacía falta airearnos. Ataviados con nuestros particulares
atuendos para salir de fiesta, fuimos a uno de los bares musicales del centro de
la ciudad. Estaba lleno, pero el ambiente era agradable, ideal para sentarse y
charlar con buena música de fondo y una copa en la mano.

Nos encontramos con varios de
sus amigos, que ya llamaban la atención de Dany desde una de las mesas del fondo
del local. Mi acompañante fue presentándome una a uno a todos sus amigos. Entre
ellos, uno me llamó la atención, quizás porque destacaba más que el resto.
Nacho, con sus casi dos metros de altura y su fornido físico, no pasaba
desapercibido. Se veía, si. Su rostro, con continuo gesto de chico duro, estaba
presidido por unos grandes ojos color caramelo, una nariz ligeramente torcida
hacia la derecha y unos labios carnosos. Imponía bastante cuando se puso de pie
y se me acercó para darme dos besos. Sonrío levemente, puede que por mi cara de
susto. No sé.

Ya apartados del resto del
grupo, Nacho y yo encontramos un tema del que hablar, algo que nos iba a acercar
bastante. Su boca se aproximaba a mi oreja para decirme cosas, cosas íntimas. Yo
le sonreía con picardía.

-Así que eres esclavo. Un
sumiso… Es bueno saber eso.

-Si. Y por tu carita de vicio,
yo diría que te gusta que lo sea.

-No te voy a decir que no. Me
agrada mucho una idea que se me acaba de pasar por la cabeza.

-Pues, si quieres…

Una buena insinuación para
invitarme a probarnos el uno al otro. La casa de Nacho estaba bastante alejada
del centro. Entramos en silencio, aunque entre risas ahogadas, para no despertar
a sus padres que dormían cerca de la puerta de entrada. La habitación del chico
estaba al fondo, en la otra punta de la casa. Fuimos cerrando puertas a nuestro
paso, despacio, sin ruidos. Libres para poder hablar, pues ya estábamos algo
aislados en ese ala de la vivienda, nos sentamos a los pies de su cama. El gesto
de la cara de Nacho se había suavizado. Lo estaba observando en su verdadera e
íntima faceta. Divertido y parlanchín, reía todo el tiempo, haciéndome reír a mí
con sus locas ocurrencias. De repente, se levantó, se puso frente a mí y se
arrodilló.

-¡Sométeme!

-Se supone que las órdenes las
doy yo, ¿no?

-Si.

-¡Pues cállate!

Cuánto morbo me daba la
situación. No me considero una verdadera Ama, pero disfruto, de vez en cuando,
interpretando ese papel. Nacho fue hasta su armario y sacó una gran caja que
depositó a mis pies en forma de ofrenda. Volvió a arrodillarse.

-Tengo estas cositas.

-A ver que tienes…

Abrí la caja. Estaba llena de
instrumental para someterlo y sodomizarlo con varios consoladores de diferentes
tamaños. Saqué una a una todas las cosas que allí habían y fui poniéndolas en
fila en el suelo, frente a nosotros. Volví a sentarme a los pies de la cama e
hice que Nacho se pusiera mi lado.

-Mira bien todo esto, porque
luego sólo sentirás varios de ellos.

Nacho se relamió de gusto. Saqué
lo único que no había dejado en el suelo: un pañuelo negro. Vendé los ojos al
chico con él.

-Dime, Nacho, ¿le tienes mucho
cariño a la ropa que llevas puesta?

-¡¿Qué?! No, bueno, no sé. Tengo
mucha más. ¿Por qué?

-¡Calla!

Lo tumbé en el suelo y le quité
el calzado. Encima de su escritorio, dentro de un bote, había visto unas
tijeras. Las cogí con una sonrisa de niña a punto de hacer una travesura. Me
acerqué a Nacho despacio, agachándome. Cogí el final de la manga de su camiseta
y comencé a cortarla con el tesoro que acababa de adquirir. A Nacho, en contra
de lo que yo pensaba, no pareció molestarle en absoluto. Estaba encantado. Corté
su camiseta hasta que logré dejar su pecho al descubierto y ver todo su
musculado torso y sus abdominales bien marcadas. Ahora los pantalones… Deslicé
las tijeras por sus piernas, por encima de la ropa hasta llegar a sus pies.
Quité sus calcetines e hice sonar las tijeras abriendo y cerrándolas. Empecé a
cortar.

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Al subir con las tijeras por sus
rodillas, el vaquero se estrechaba en sus fuertes muslos. Temí cortarle. Él no.
Desabroché su vaquero y observé el gran bulto que había en su entrepierna. Corté
lo que quedaba del pantalón, por debajo de la cremallera y del paquete. Tiré de
la prenda para sacársela del todo. Ummm… Ahora los calzoncillos. Esperé para
eso. Volví a deslizar las tijeras, cerradas, por todo su cuerpo, ahora casi
desnudo, y las dejé sobre sus calzoncillos.

Nacho seguía inmóvil en el
suelo, tumbado con las piernas y los brazos abiertos. Su sonrisa era permanente.
Mirándolo, fui quitándome la ropa, dejando mis prendas íntimas puestas. Me
agaché a su lado, metí uno de mis dedos en mi braguita, pasándolo por los labios
de mi coño húmedo, y se lo metí en la boca. Con qué gusto lo chupó… Volví a
coger las tijeras y las pasé por su vientre antes de empezar a cortar los
calzoncillos. Con cada corte, el resto de la tela de la prenda se iba
levantando, como levantado estaba su “ánimo”.

-¡Ya estás listo!

Vi salir su polla. Estaba tan
dura y tan tiesa, que parecía que iba a reventar. Se la toqué con la punta de la
tijera e hice que se arrodillara. Cogí una de las cuerdas y até sus manos, a su
espalda. Con la otra cuerda, más larga, até sus brazos, pegándolos bien al
cuerpo, y se la pasé alrededor del cuello. Lo tenía atado y bien atado.

Eché un vistazo a todo el
material que tenía allí, en el suelo. Unas pinzas metálicas unidas por una corta
goma fue mi siguiente elección. Besé a Nacho y lo empujé hacia un lado
haciéndolo caer de golpe al suelo. Lo puse boca arriba y me coloqué encima, con
mis piernas a cada lado de su cuerpo, de pie. Pasé uno de mis dedos nuevamente
por mi coño y luego por sus pezones, tan duros como su polla. Apresé uno de
ellos con una de las pinzas. Nacho gritó levemente, volviendo a sonreír después.
Pillé con la otra pinza el otro pezón. La goma que unía aquellas pinzas ejercía
una gran presión estirando sus pezones, el uno hacia el otro.

Volví a echarle otro vistazo a
aquellas cositas. Un guante de esparto y un pequeño látigo fue mi nueva
elección. Azoté suavemente a Nacho en los huevos.

-¡Si, así, cariño!

Destapé los ojos a Nacho. Me
encantó ver el gesto que esta vez tenía su cara; una mezcla de placer y dolor. O
lo que es lo mismo, un dolor deliciosamente placentero para él. Me puse el duro
guante de esparto mientras nos besábamos. Dirigí mi mano “equipada” a su polla y
empecé a masturbarlo con fuerza. Sus gemidos eran intensos. Me senté en su cara
sin dejar de follarle la verga con mi mano.

-¡Chupa, cabrón!

Nacho estiró su cuello sacando
la lengua para alcanzar mi coño. Lamió con fuerza mi chocho húmedo y el agujero
de mi culo. Movía su lengua de arriba a abajo, metiéndola y sacándola de ambos
agujeros. Yo seguía machacándosela. Vi como la piel de su rabo se enrojecía.
Daba la impresión de que, en cualquier momento, le iba a brotar la sangre. Me
incliné hacia su polla, abrí bien la boca y empecé a mamársela. Los gemidos de
Nacho se entrelazaban con quejidos. Le escocía mi saliva.

No pude seguir chupándosela: me
corrí en su boca, a chorro. Me faltaba la respiración. Recuperada, lamí
nuevamente la polla de Nacho lo más rápido, profundo y fuerte que pude. La
sensibilidad que le había proporcionado la fricción con el duro guante, le
producía un placer extremo con cualquier pequeño roce. Empezó a correrse en mi
boca en medio de fuertes gemidos. Temí que nos oyeran sus padres y a la vez
sentí mucho morbo.

Con la boca llena de espeso
semen, me levanté y azoté a Nacho por no haberme avisado. Aproveché que abría su
boca con cada gemido, provocado por los golpes, y escupí la leche que, por
suerte, cayó en sus labios, que seguían llenos de mis flujos vaginales. Sacó la
lengua y recogió toda la mezcla de fluidos que había alrededor de su boca.

-¡Qué rico, Dios! Esto si es un
manjar.

Me incliné para recoger un par
de juguetes del suelo. Agarré a Nacho de la parte de cuerda de alrededor de su
cuello, lo arrastré por el suelo e hice que se levantara para empujarlo sobre la
cama. Cayó boca abajo. Hundí su cara en el colchón y flexioné sus piernas,
dejándolo con el culo en pompa. Situé el extremo del espéculo en su esfínter.
Fui metiendo el aparato y abriéndolo. El espéculo fue haciendo su trabajo,
dilatar el ano de Nacho, que gemía con gusto. Yo iba viendo, encantada, como se
abría el culo mientras me acababa de desnudar y me colocaba el arnés de las
colección de mi sumiso. No era demasiado largo, pero si bastante grueso, todo lo
contrario al rabo de Nacho y algo más pequeño del que yo tenía en casa.

Con mi mano izquierda sujetando
la cuerda de su cuello y la otra quitando el aparato dilatador, empujé de golpe
“mi polla” que se metió sin problema en el culo de Nacho. Gritó. Me detuve un
momento y escupí en el ano del chico, pues no lo había lubricado. A pesar de
haberla metido la primera vez hasta el fondo, me costaba meter y sacar la polla
de látex del orificio. Con la saliva, mucho mejor. Nacho se movía más rápido que
yo, haciendo que las embestidas fueran cada vez más intensas y profundas. Cómo
gozaba aquel cabrón… Ver a aquel chicarrón del norte, a ese pedazo hombre
sodomizado y disfrutando con ello, pidiéndome más y más, me ponía tan cachonda
como si la cosa fuese al revés, como si yo fuese a la que follaban.

Una abundante corrida de Nacho
hizo un charco sobre la cama. Saqué “mi verga” de su culo y la restregué en el
esperma. Se la volví a clavar en el agujero, esta vez, teniéndolo boca arriba,
con las piernas apoyadas en mis hombros. El semen fue un gran lubricante, pero
no sólo no me costó penetrarlo por eso; su culo ya estaba muy bien dilatado. Su
esfínter anal se abría y se cerraba mientras parte de su semen iba saliendo de
él. Metía y sacaba el rabo de látex observando la carita de placer de Nacho cada
vez que lo poseía.

Su larga polla ya volvía a estar
dura. No hacía ni tres minutos que se había corrido, o eso me pareció a mí.
Aquella postura me iba a permitir machacársela mientras le seguía follando
fuerte el culo.

-¡Fóllame ahora tú, Nacho! Dale
placer a mi coño, que está hambriento.

Desaté las cuerdas que envolvía
el chico. Nos besamos. Hundí su cara en mi pecho para que lamiera mis tetas
mientras le ponía el condón con una de mis manos. Los dos de rodillas sobre la
cama, me acerqué a él, pegándome a su cuerpo y, pasándole una de mis piernas por
detrás, metí su polla en mi caldoso coño. Nos dejamos caer en la cama sin
despegar nuestros sexos. El vaivén del rabo de Nacho se alternaba en dos
velocidades: cuando lo hacía lento, notaba como su verga me arrastraba y se
frotaba por toda mi cavidad, provocándome intensos orgasmos; cuando lo hacía
rápido, la profundidad que alcanzaba en mi agujero era mayor y hacía que mi coño
expulsara todos los flujos con mis espasmos y sus embestidas, mojándole el poco
vello púbico que tenía.

Repentinamente, Nacho sacó su
verga y se deshizo del condón tirándolo a un lado, al suelo. Comenzó a restregar
toda su polla y sus huevos por mi cuerpo. Abrí mi boca e hice que me la metiera
para lamérsela. Noté su sabor y el de mi coño, mezclados. Gozó con mi mamada y
mi masaje en sus cojones tanto como yo haciéndosela. La sacó para besarme. Bajó
a mis pies, los cuales juntó, elevó y sujetó con las dos manos. Metió su polla
entre ellos y empezó a follarlos. Puse ambas almohadas bajo mi cabeza para poder
ver a gusto lo que aquel chico me hacía. Al poco tiempo, su semen comenzó a
chorrear cayendo en mis pies y deslizándose por mis piernas elevadas. Nacho
limpió, una a una, cada gota de leche que había por mi cuerpo con su lengua. Nos
dormimos al clarear el día.

-¿Qué? ¿Qué tal anoche con
Nacho, guarrilla?

-Bien, muy bien. Estuvimos de
charla hasta que nos quedamos dormidos.

-Si, ya. De charla…

Dany y yo nos reímos por largo
rato, sobretodo cuando le conté la cara que pusieron los padres de Nacho cuando
me vieron salir de su casa y la vergüenza que pasé.